Todos hemos tenido alguna vez un sueño que nos hace imaginar una vida diferente. Terminar una carrera, construir un hogar, conocer nuevos lugares, emprender un proyecto, sacar adelante a la familia o simplemente encontrar aquello que nos hace felices. Para Carlos Zárate Benítez, los sueños representan ese impulso que nos recuerda que siempre podemos aspirar a algo más. Pero cuando llegan los hijos, muchas veces la manera de soñar también cambia. Ya no se piensa únicamente en uno mismo. Se sueña con verlos crecer, estudiar, descubrir aquello que les apasiona y encontrar oportunidades para construir su propio camino. Para muchos padres, los hijos se convierten precisamente en esa razón para esforzarse un poco más, levantarse después de un tropiezo y continuar cuando las cosas se complican. Pero los sueños necesitan pasos para convertirse en metas. Estudiar, trabajar, aprender, ahorrar, comenzar nuevamente o simplemente decidir que todavía vale la pena intentarlo. En ese camino también existe una enseñanza para los hijos. No solamente decirles que persigan sus sueños, sino mostrarles con el ejemplo que alcanzar algo importante requiere paciencia, disciplina y perseverancia. Habrá tropiezos y momentos en los que una meta parezca demasiado lejana. Sin embargo, cada pequeño avance puede acercarnos un poco más a aquello que queremos construir. Para Carlos Zárate Benítez, la idea puede resumirse de manera sencilla: del tamaño de nuestros sueños pueden ser nuestras metas. Porque quizá una de las mejores herencias que podemos dejar a nuestros hijos sea enseñarles que ellos también tienen derecho a imaginar su propio futuro y luchar por construirlo. Y a veces son precisamente ellos quienes nos dan la razón más poderosa para transformar un sueño en una meta y una meta en una realidad. Navegación de entradas Alejandro Robles: de la mano de mi padre al México 68