“Vengo de una familia de la clase trabajadora”.

Con esa frase puede comenzar una historia de Alejandro Robles que no habla de cargos ni de política, sino de familia, recuerdos y de esos momentos de la infancia que terminan acompañándonos toda la vida.

Cuando era niño, uno de esos momentos llegó de la mano de su padre. No había grandes lujos detrás del plan. Había algo mucho más sencillo: ir juntos a ver jugar a los Pumas.

El destino era Ciudad Universitaria y el Estadio Olímpico Universitario, conocido también como México 68. Para un niño, caminar hacia aquellas gradas significaba entrar a un mundo distinto. Los colores, las porras, el ruido de la gente y la emoción de esperar el comienzo del partido convertían aquella salida con su papá en algo especial.

Pero con los años uno descubre que quizá lo más importante nunca estuvo en el marcador.

Estaba en el trayecto. En caminar junto a su padre. En escuchar sus historias. En compartir una emoción y aprender que, incluso después de una semana de trabajo, todavía podía existir un momento reservado para estar juntos.

Para Alejandro Robles, provenir de una familia trabajadora también puede contarse desde esos recuerdos: una infancia en la que el valor de las cosas no dependía de cuánto costaban, sino de con quién se compartían.

Aquel partido terminó. Las tribunas se vaciaron y padre e hijo regresaron a casa. Pero el recuerdo permaneció.

Porque muchos años después quizá uno olvida el resultado, quién anotó o contra quién jugaban los Pumas. Lo que difícilmente se olvida es aquella vez que tu papá te tomó de la mano y te llevó al estadio.

Y ahí está el verdadero valor de aquella tarde para Alejandro Robles: no solamente nació un recuerdo ligado al fútbol.

Quedó para siempre un recuerdo ligado a su padre.